sábado, 17 de diciembre de 2011

LA PATRIA EQUIVOCADA, (1991) de Dalmiro Sáenz. O de las batallas entre los valores y las armas mientras la Nación buscaba hacerse.




De la Teoría Literaria me interesa poco, apenas lo básico, como una referencia, nada más. ME INTERESA LA BUENA LITERATURA!!! Por eso me permito recomendar los textos que --por lectura y propia experiencia estética de disfrutada recepción-- engrosan la lista de la ficción que perdura, más allá de las modas, de las ofertas, de los saldos en librerías de viejo.
Hoy comparto las dos o tres primeras páginas de LA PATRIA EQUIVOCADA, porque creo que, junto a los cuentos de SETENTA VECES SIETE, conforma lo mejor dentro de la variada obra de DALMIRO SÁENZ.
(En un hipotético Cánon de nuestra Literatura que sólo tomara en cuenta las novelas y no sus autores, entonces "La Patria equivocada" tendría su merecido lugar).


QUERIDOS PADRE Y MADRE:

Tengo instalada ya en mi tristeza las caras de ustedes cuando terminen de leer esta carta. La suya, mamá, inclinada sobre este papel, como cuando terminaba de tocar el piano y su mirada quedaba un rato extraviada sobre las teclas. Sus ojos tendrán lágrimas, su frente esa arruga vertical que yo de chica trataba de borrar con los dedos; y usted, papá, tal vez no diga nada por un rato o tal vez diga a mamá ¿qué fue lo que hicimos mal?, o algo por el estilo, Yo quisiera convencerlos de que no hicieron nada mal, de que las personas no somos tan importantes como para hacer tanto mal como pretendemos.
A Clorindo lo conocí durante la segunda invasión de los ingleses. Yo había terminado el turno de la tarde en el hospital de sangre y ya estaba por volverme a casa cuando lo trajeron en una camilla. Vi que era un Patricio por lo que quedaba de su uniforme y, por la trenza, vi que era un soldado raso, pero no le pude ver la cara porque estaba cubierta de sangre y barro. Lo primero que hacíamos, cuando llegaban los heridos, era llevarlos para localizar bien las heridas y ahorrarle tiempo a los médicos. Busqué una palangana con agua y empecé a enjuagarle la cara muy despacio con una esponja. Les cuento esto porque creo que fue importante. Era algo muy raro lo que yo sentía en ese momento; era ver el nacimiento de una cara, era descubrir una mirada que, a su vez, descubría mi mirada. Él estaba conscientey sufría. Lo desvestí con mucho cuidado y miré ese cuerpo tan joven y tan profanado por el metal caliente de la metralla. Fue como mirar una estatua embellecida por el desgaste o enriquecida por el destrozo de alguno de sus miembros, o como mirar su propia cara, padre, con la cicatriz que le dejó el duelo con Martín Argañaraz.
Como el médico se demoraba empecé a deshacerle la trenza y, como pude, le quité los enchastres de sangre y de barro del pelo. Recién con el pelo suelto y limpio sobre la almohada dejó de ser un soldado. era un muchacho, casi un ángel, desnudo como una talla. Tuve la sensación de estar escamoteándole a la ciudad uno de sus guerreros. me desconcertaron mis sentimientos. Tenía delante de mí el cuerpo de un hombre liberado de ese aspecto que las circunstancias le había adjudicado; era casi un secreto lo que yo poseía, tal vez ni él mismo se hubiera reconocido en la suavidad de su letargo, en las manos empuñando el vacío de las armas, en la boca un poco abierta de su infancia.
No creo que allí me enamorara de él, más bien me enamoré de mis propios sentimientos. En el hervidero de ideas de nuestra casa, en esa sala tres veces más grande que el ranchito en donde ahora vivo, ustedes me hicieron comprender la revolución del ser humano. Una vez cuando usted, padre, me leía a Rousseau, tuve la sensación de que Rousseau no era más que un lenguaraz, un traductor de un idioma que yo poseía desde hacía rato, pero que recién él me lo permitía descifrar. Algo así pasó con Clorindo. Yo le había robado a Saavedra uno de sus soldados, o mejor dicho, lo había despojado de su uniforme, de las huellas del combate, de la sangre y el barro y hasta su trenza de Patricio, y había dejado aldescubierto lo que quedaba de él. ¿Y qué quedaba de él? ¿Qué queda de nosotros cuando nos despojamos del ropaje de las circunstancias? ¿Existimos? ¿Somos como huérfanos de nostros mismos?
yo, por ejemplo, cuando Dolores corría las cortinas de mi cuarto para despertarme y me decía: "Buenos días tenga usted, Niña Clarita, acá está su chocolate", y yo le contestaba desde la cama: "Buenos días, Dolores, cómo amaneciste". ¿Quién era la que decía buenos días, Dolores, como amaneciste? ¿Era la misma que esta mañana en el rancho se acercó a Clorindo con un mate y quedó pendiente de su silencio, a la espera del sonido de la bombilla para estirar el brazo y continuar con la liturgia de las madrugadas y llenar nuevamente el mate con el agua hirviente de la pava?
Y cuando Clorindo se levanta y se lava en la palangana junto al espejo y se reconstruye la trenza y se pone su uniforme de Patrico para ir al cuartel, ¿quién es la que lo mira? ¿La niña Clarita que tomaba chocolate caliente en la cama todas las mañanas o esta mujer que les escribe,después de haber barrido la galería, de haber alimentado a las gallinas y que ahora está vigilando con un ojo el puchero, que se me está por desbordar de adentro de la olla?
No lo sé. Tal vez uno es lo que le exigen las circunstancias y yo ahora hable el lenguaje de ustedes porque los imagino leyendo esta carta. Y, hoy a la noche, cuando Clorindo vuelva del cuartel y nos encerremos en nuestro mundo de silencios y yo le tome esa mano que apenas sabe dibujar las letras de su nombre en un papel, ¿quién es la que va a estar ahí? ¿La hija de ustedes? ¿La mujer de Clorindo? ¿Las dos juntas?
A veces pienso que yo fui un invento de ustedes, que ustedes me hicieron como estamos todos, de una u otra forma, haciendo este país. Otras veces pienso que yo los inventé a ustedes, no sólo en mi imaginación, sino también que ustedes serían muy distintos de lo que son si yo no existiese. A veces no pienso nada y entonces me pongo a escribir cartas como ésta.
¿Se acuerdan cuando nos pasábamos las horas en casa leuendo El Contrato Social o cuando discutíamos en las tertulias de los jueves con los Peña o con los Monteagudo, cuando yo repetía párrafos de memoria del libro que estaba leyendo en ese momento? Me parece que ha pasado tanto tiempo. Yo, en esa época, me sentía hija de ustedes. Ahora me siento hija de mí misma.



NOTA. 1/ Tomado de "La Patria equivocada", de Dalmiro Sáenz.
Editorial Planeta Argentina. Buenos Aires, 1991.

NOTA. 2/ Las pinturas que ilustran esta entrada pertenecen a Cándido López, soldado y pintor, que participó en la Guerra de la Triple Alianza contra Parguay, y que la bocetó en detalles; artista que por imaginación de Sáenz forma parte de esta bella novela argentina.

sábado, 26 de noviembre de 2011

"El niño de Vallecas" y El niño de Nonogasta: de enigmas, preguntas y obviedades capitalistas...



Entre "El niño de Vallecas", cuadro de Velázques y puesto en poesía por León Felipe, y "El niño de Nonogasta", poema de mi autoría, hay al menos una coincidencia: ambos murieron muy pronto: en su primera juventud, aquél, y apenas niño, este último.

El niño --su nombre era Francisco Lezcano-- retratado por Velázquez presentaba una patología de malformaciones, quizás "hipotiroidismo infantil" atenuda y que se evidenciaba en su "talla corta, frente abombada, puente nasal chato y manos regordetas".

Mi niño, de Nonogasta, había nacido "sano" pero dentro de una historia familiar de privaciones... y en unas condiciones de vida que cuestiona por sí solas otras: manifestadas a minutos de donde se desarrollaba el drama de su familia.

Aquél niño presentaba enigmas que la Ciencia médica respondió siglos más tarde. El mío evidencia las "obviedades"... de la avaricia que es la estructura del capitalismo: en los noventa se lo llamaba "salvaje", ¿cómo llamarlo hoy, en tiempos en que "Todo lo sólido se desvanece en el aire", según Marshall Bermann, o en que el "mal se hace transparente", como lo afirmó Jean Baudrillard, en "La transparencia del mal"?

Me parece apropiado citar aquí al siempre vigente Oscar Wilde, "La civilización no termina con la barbárie, la perfecciona". Barbárie/capitalismo que impone el fatalismo de los "costos laterales". La Poesía está para decir palabras que le cabe decirlas.

EL NIÑO DE VALLECAS, de León felipe.

Este es el orden, Sancho,
De aquí no se va nadie
Mientras esta cabeza rota
Del niño de Vallecas exista
De aquí no se va nadie. Nadie.
Ni el místico ni el suicida.
Antes hay que deshacer este entuerto
Antes hay que resolver este enigma
Y hay que resolverlo entre todos,
Y hay que resoverlo sin cobardía,
Sin huir
con unas alas de percalina
o haciendo u agujero en la tarima.
De aquí no s eva nadie. Nadie.
Ni el místico ni el suicida.
Y es inútil, inútil toda huida
(ni por abajo ni por arriba)
Se vuelve siempre. Siempre.
hasta que un día (¡un buen día!)
El yelmo de Mambrino, halo ya, no yelmo ni bacía--
se acomode a las sienes de Sancho,
y a las tuyas, y a las mías,
como pintiparado, como hecho a medida.
Entonces nos iremos todos.
Por las bambalinas.
Tu y yo, y Sancho, y el Niño de Vallecas,
y el místico y el suicida.


EL NIÑO DE NONOGASTA

A este niño no lo mató
una bomba suicida
en las calles de Irak

No lo mató una bala de las FARC
en la selva colombiana

No fue muerto a machetazos
en alguna guerra tribal
de la oscura África

Tampoco murió por mala práxis médica.
Ni como cobayo para alguno
de los cinco grandes laboratorios del orbe

Tampoco fue arrollado
en alguna calle, ruta o autopista homicidas

No murió ahogado
bajo las aguas de un Tsunami en el Pacífico

Tampoco como sacrificio en algún rito afro,
al son de tambores, bajo la luna,
al norte de Bahía

No murió por falta de sol,
escondido en un sótano de Austria

No murió por feroces golpes de violencia familiar

No cayó muerto
por las balas de un fusil automático
en aula o en el campus
de un college del "Imperio" del Norte

¡NO!

Este niño se llamaba JEREMÍAS GUEVARA

Tenía cuatro años
y pesaba menos de ocho kilos.

Murió por DESNUTRICIÓN

En el barrio La Usina

En Nonogasta

La Rioja

Argentina

En un tiempo que es el nuestro.


NOTA 1: "El niño de Vallecas", de León Felipe. Tomado de "Versos y oraciones de caminante", Libro II, (1920 - 1930)

NOTA 2: El niño de Nonogasta. Rafael Sturla, Agosto del 2008.

sábado, 19 de noviembre de 2011

SIETE HAIKU MÍOS, de árboles, herencias y mudanzas.


Voy pasando.
Un árbol me llama.
Me detengo. Una hoja cae.
Es una invitación a subir. Subo.

O---o--o-

Madre pidió descansar
bajo un árbol.
Allí la visito cada día.
Riega mis sueños.
Cada mañana barro las hojas.

O---o--o-

Padre talaba árboles.
Uno lo aplastó. Allí quedó.
Los dos fueron uno.
De ellos me hice bastón.

O---o--o-

Abuelo trabaja la madera.
De esta saldrá pipa, trampera,
y leña para el fuego, dice.
Del aserrín,
abono para mi tumba.

O---o--o-

Abuela forma figuras.
Las pone al fuego.
Le pregunto. No me responde.
Me quedo con la dura piedra
de no saber.

O---o--o-

Hermano, no tumbes mi ciruelo.
Me cubrió los ojos. Oí la caída.
Cuando miré
mi mundo no era el mismo.

O---o--o-

Mi árbol está grande.
Hoy removí su tierra.
La aboné con penas, alegrías,
y ganas de nuevas ramas.

O---o--o-



Rafael Sturla.
San telmo. Distrito Federal. Noviembre del 2011.

NOTA. La estampa que ilustra esta publicación pertenece a Vincent Van Gogh, que las amaba, (las estampas japonesas gozaban de mucho prestigio en la Europa del siglo 19).

sábado, 12 de noviembre de 2011

Marguerite Yourcenar (Bélgica, 1903, Estados Unidos, 1987): a sesenta años de Memorias de Adriano. ¡Je vous salue, Marguerite!



Mi formación ha sido autodidacta, nada sistemática, yendo de un autor a otro y de un texto a otro, mediando entre uno y otro la recomendación puntual. Así llegué a un libro con "Testimonios y Reportajes", se trataba de "Con los ojos abiertos", entrevistas de un tal Matthieu Galey con Marguerite Yourcenar,(Emecé Editores. Buenos Aires, 1982), a la que así descubría. Su pensamiento, su filosofía de vida --mostrada para mí en esa entrevista realizada en la Isla de Maine, en los Estados Unidos, donde vivía-- me interesó lo suficiente como para comenzar a leerla; así me encontré con su obra novelística: en poco tiempo devoré OPUS NIGRUN, MEMORIAS DE ADRIANO, ALEXIS O EL TRATADO DE UN INÚTIL COMBATE (novela epistolar), entre otros títulos. Para mí, como para muchísismos lectores y de distintas generaciones, su obra más importante, sin desmerecer Opus Nigrun, es MEMORIAS DE ADRIANO. Narrada en primera persona es el mismo Adriano, el Emperador romano del siglo dos, que cuenta su vida. Una vida excepcional que se mira, preguntándose y maravillándose, y se piensa a sí misma. El Pequeño Larousse Ilustrado, en su edición del año 2000, lo define "Príncipe instruido y gran viajero", es este calificativo de "instruido" lo que lo diferenció de otros Emperadores: su amor por la cultura, arriesgo, fue lo que lo llevó a la consideración especial para nuestra escritora y, así, sacarlo definitivamente del Salón de los Manuales de Historia. El culto, inquieto y curioso Adriano, llega a ser, en manos de una gran trabajadora de la palabra precisa, nuestro contemporáneo.
Un cuarto de siglo (1924 a 1950) estuvo Marguerite Yourcenar ocupada en sentir al personaje y el mundo de su tiempo; dice, en los Cuadernos de Notas a las "Memorias de Adriano", que lo escribió, "Con un pie en la erudición, otro en la magia, o más exactaments y sin metáfora, sobre esa magia simpática que consiste en transportarse mentalmente al interior de otro", y más adelante, "Me di cuenta muy pronto de que estaba escribiendo la vida de un gran hombre. Por tanto, más respaldo por la verdad, más cuidado y, en cuanto a mí, más silencio".
Comparto aquí las dos primeras páginas de esta gran, gran novela, --que tiene el agregado especial de haber sido traducida por el joven Julio Cortázar-- con el fin de llevar a que el eventual lector de las mismas se interese por esta exquisita escritora belga que, sin haber nacido en Francia, fue la primera mujer que, en 1980, ingresó a Academia Real Francesa. Finísima pensadora, sutil creadora con una obra rica y diversa que trabajó también el cuento y ensayo.


Querido Marco:
He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos con venido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre el lecho luego de despojarme del manto y la túnica.. te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hodropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz... Amo mi cuerpo; que me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios. Pero ya no cuento, como Hermógenes finge contar, con las virtudes maravillosas de las plantas y el dosaje exacto de las sales minerales que ha ido a buscar a Oriente. Este hombre, tan sutil sin embargo, abundó en vagas fórmulas de aliento, demasiado triviales para engañar a nadie. Sabe muy bien cuánto detesto esta clase de impostura, pero no en vano ha ejercido la medicina durante más de treinta años. Perdono a este buen servidor su esfuerzo por disimularme la muerte. Hermógenes es sabio, y tiene también la sabiduría de la prudencia, su probidad excede con mucho a la de un vulgar médico de palacio. Tendré la suerte de ser el mejor atendido de los enfermos. Pero nada puede exceder de los límites presentes; mis piernas hinchadas ya no me sostienen durante las largas ceremonias romanas; me sofoco; y tengo sesenta años.
No te llames sin embargo a engaños: aún no estoy tan débil como para ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza, y sin duda mucho más penosas. De engañarme, preferiría el camino de la confianza; no perdería más por ello, y sufriría menos. Este término tan próximo no es necesariamente inmediato; todavía me recojo cada noche con la esperanza de llegar a la mañana. Dentro de los límites infranqueables de que hablaba, puedo defender mi posición palmo a palmo, y aún recobrar algunas pulgadas del terreno perdido. Pero de todos modos he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada. Decir que mis días están contados no tiene sentido; así fue siempre; así es para todos. Pero la incertidumbre del lugar, de la hora y del modo, que nos impide distinguir con claridad ese fin hacia el cual avanzamos sin tregua, disminuye para mí a medida que la enfermedad mortal progresa. Cualquiera puede morir súbitamente, pero el enfermo sabe que dentro de diez años ya no vivirá. Mi margen de duda no abarca los años sino los meses. Mis probabilidades de acabar por obra de una puñalada en el corazón o una caída de caballo van disminuyendo cada vez más; la peste parece improbable; se diría que la lepra o el cáncer han quedado definitivamente atrás. Ya no corro el riesgo de caer en las fronteras, golpeado por un hacha caledonia. O atravesado por una flecha parta; las tempestades no supieron aprovechar las ocasiones que se le ofrecían, y el hechicero que me predijo que no moriría ahogado parece haber tenido razón. Moriré en Tíbur, en Roma, o a lo sumo en Nápoles, y una crisis de asfixia se encargará de la tarea. ¿Cuál de ellas me arrastrará, la décima o la centésima? Todo está en eso. Como el viajero que navega entre las islas del Archipiélago ve alzarse al anochecer la bruma luminosa y descubre poco a poco la línea de la costa, así empiezo a percibir del perfil de mi muerte.



NOTA. Tomado de "Memorias de Adriano", de Marguerite Yourcenar.
Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1999.

sábado, 5 de noviembre de 2011

JOHN BERGER: prosa poética, lucidez y austeridad para una mirada con pasión y compasión para este viejo mundo que va.



JOHN BERGER no necesita presentación. Basta con decir que todo lo hace bien: novelista, poeta, dramaturgo, ensayista, guionista, pintor, fotógrafo, crítico de arte. Si me dieran a escoger a un hombre de letras de Gran Bretaña me quedaría con él: porque su obra me resulta --y junto a mí millones de personas que lo leemos y esperamos su próximo título-- imprescindible. Escribe con una prosa poética atravesada por la pasión por las cosas de los hombres y por la compasión por las carencias del mundo, carencias que son el resultado de un comportamiento sin misericordia en al menos tres dimensiones: hacia sí mismo, hacia el Otro, el prójimo, y hacia el mundo de lo creado, la Naturaleza.

Desde que me encontré con su maravilloso libro de ensayos "Cada vez que decimos adiós" (Ediciones de la Flor. Buenos Aires, 1997) lo continué leyendo y estoy siempre atento a cualquier nuevo texto suyo. Comparto aquí un ensayo breve y un poema, de este querible y necesario inglés llamado JOHN BERGER!!!

UNA CAMA (1)
(Para Christoph Hansli)

No hay cuerpo alguno acostado en esta cama de hotel, ni tampoco en la de al lado. En inglés, esta situación se puede condensar en un juego de palabras en un: "no body" (ningún cuerpo/cuerpo alguno) se convierte en "nobody" (nadie), de modo que la frase inglesa "On the hotel bed there is nobody" se podría leer como: "En la cama del hotel (no) está acostado nadie". Claro que no se puede preguntar algo como: ¿Y quién es nadie? O tal vez sí, pero no habrá ninguna respuesta, sólo el borboteo de las cañerías en la habitación contigua.
Nadie es nadie, y las dos camas están vacías. Ni siquiera tienen una arruga, un pliegue, una huella. No hay nadie.
Nadie es la persona amada, la tuya o la mía, y nadie son todas las parejas que en algún momento ocuparon esta habitación. Miles con el paso de los años. Están acostadas, insomnes. Hacen el amor. Están tendidas en las dos camas que han juntado. O estrechamente abrazadas en una de ellas. Al día siguiente regresaron a su casa o nunca volvieron a verse. Hicieron dinero o lo perdieron. Se abandonaron. Se ayudaron.
Nadie está aquí, y las camas están vacías en toda su anonimia. O también podría decir: están ocupadas por la ausencia, pero esto sugiere un sentimentalismo, un lamento, que no permitirían tus pinturas.
Y, sin embargo, por el simple hecho de haber vivido, cuando miramos tus cuadros, tus cuadros de tamaño natural, no podemos olvidar, porque tú no quieres que lo olvidemos, lo que prometen las camas. De todos los objetos fabricados por el hombre, las camas son los que más pometen. ¿Por eso tal vez son tan difíciles de pintar? Incluso en un humilde hotel de una estrella, con sábanas sintéticas, las camas prometen de la misma forma que promete la naturaleza.
Y la gama de promesas es gigantesca: modestas y voluptuosas, tímidas y extáticas, desde el pequeño alivio para el dolor al gran dolor de la felicidad, desde el descanso al eterno descanso.
No es de extrañar que en muchos hoteles haya esas tarjetas que se cuelgan por fuera en el picaporte y que dice: NO MOLESTAR.
Ni tampoco me extraña, Christoph, que cuando pintas estas habitaciones sin cambiar absolutamente nada, cuando las pintas siguiendo el ejemplo de Velázquez, las paredes pintadas o empapeladas parecen infinitas. ¿Infinitas como el cielo o como el mar? No. En absoluto. Infinitas como una promesa. Incluso la promesa más pequeña que pueda ofrecer una cama tiene algo de infinito... Dormir.
Dormir. Tú estás despierto, pintando, pero nosotros, acunados y medio dormidos, susurramos irresponsablemente, imprudentemente, a la ausencia. Acércate, amor mío, estoy aquí. Y se lo susurramos a nadie.
Uno de tus cuadros representa este susurro. La imagen representada es una cama deshecha, el edredón revuelto encima. Detrás, la pared infinita. Las sábanas, los cortinajes y tapices han estado presentes durante siglos en el arte europeo. Danae se reclina en ellos. El cuerpo de Cristo yace sobre ellos. Reciben al maravilloso cuerpo que los moldea. Pero aquí sólo hay vestigios, sólo ausencia.
Yo estuve allí. Y ahora también me he ido. No hay nadie.


PAÑUELO

Por la mañana
doblado con sus flores silvestres
lavado y planchado
apenas ocupa espacio en el cajón.

Ella lo agita en el aire
y se lo ata a la cabeza.

Por la noche se lo quita
y lo deja caer
sin desatar en el suelo.

En un pañuelo de algodón
entre las flores estampadas
un día laborable
ha escrito su sueño.


NOTA: (1) De "EL TAMAÑO DE UNA BOLSA", de JOHN BERGER.
Taurus. Buenos Aires, 2004.

NOTA: (2) De "PÁGINAS DE LA HERIDA", de JOHN BERGER.
Colección Visor de Poesía.

sábado, 29 de octubre de 2011

Clarice Lispector (Ucrania, 1925 - 1977). Impresiones de un momento para recuerdos que perduran y enhebran sentidos.



Me encontré con CLARICE LISPECTOR al leer un relato suyo en PURO CUENTO (Nº 24 Sept./Oct. 1990) la deliciosa y completísima revista bimestral que fundara y dirigiera MEMPO GIARDINELLI --por la riqueza, en cantidad, calidad y variedad, de su contenido y objetivos digo que fue una felicísima experiencia estética para los lectores de cuentos; y (perdón) puedo presumir de tener, casi, todos sus números--. Ese primer encuentro sería el primer paso de un interés que se mantuvo y que me llevó a buscar sus novelas en nuestra lengua y hallé las ediciones de Siruela que, por su elevado precio, nunca pude comprar. Pasados más de una década pude acceder a otro costado de su obra (novelas y cuentos) por medios de su REVELACIÓN DE UN MUNDO, que conforman la reunión de las crónicas que escribió cada sábado de los siete años que van de 1967 a 1973 y que aparecían en el diario JORNAL DO BRASIL.
La crítica las clasifica como "Crónicas" pero sus columnas sabatinas son más que eso y esconden mucho más: para eso se requiere saber buscar en ellas, aunque la brevedad de la mayoría de ellas hace mucho más fácil la misma.
Recuerdos propios, recuerdos y voces de otros, incidentes menores, accidentes mayores, voceos, pasos, momentos, colores, olores: lo vivido, reciente, o lo pasado combinado con emociones y deseos y esperanzas: enhebradas con el tejido de las palabras.
En una entrevista (¿con Pablo Galende, en Canal A?) dijo HUGO MUJICA que lo que le gustaba de LISPECTOR era que "su palabra está viva"... ¿En qué reside esta escritura "viva"? El eventual lector --o el que quiera adentrarse en su obra-- tiene que encontrarse con esta escritora (nacida en Ucrania pero brasileña por que ella misma se reinvindicó así) que está considerada como una de las máximas voces en lengua portuguesa: encontrarse con ella y ver qué y cómo le llega su palabra.
Existen no pocas fotos del bello rostro de esta mujer pero entre todas elegí ésta para ilustrar esta nota porque así la imagino: escribiendo y con las ventanas abiertas de su casa, para airearla, y con la ventana abierta de su estudio, para que los ecos de sus conversaciones en las calles, en las ferias, en las plazas de esa gran ciudad, Río de Janeiro, donde creció, vivió y murió, le trajeran o le refrescaran otras, pasadas o recientes, reales o imaginadas. Porque le interesaba mucho conversar con gentes en las calles: esas conversaciones --buscadas como una necesidad personal y no como un medio-- le aportaban, muchas veces, la excusa para decir lo suyo.
Comparto algunas pocas crónica para acercar un poco a quienes no la conocen.

COMER, COMER (1968)

No sé cómo son las otras casas de familia. En mi casa todos hablan de comida. "¿Ese queso es tuyo"? "No, es de todos". "¿La papilla está buena?" "Está buenísima". "Mamá, pídele a la cocinera que haga un cóctel de camarones, yo le enseño". "¿Cómo sabes?" "Lo comí y lo aprendí por el sabor". "Hoy quiero comer solamente sopa de arvejas y sardinas". "Esa carne está demasiada salada". "No tengo hambre, pero si compras pimienta yo como". "No, mamá, ir a comer aun restaurante sale muy caro y yo prefiero comida casera". "¿Qué hay de comer en la cena?"
No, mi casa no es metafísica. Nadie está gordo aquí, pero no se perdona una comida mal preparada. En cuanto a mí, abro y cierro mi cartera para sacar dinero para compras. "Voy a cenar afuera, mamá, pero guárdame un poco de cena". Y en cuanto a mí, me parece bien que en un hogar se mantenga encendido el fuego para lo que venga. Una casa de familiaes es aquélla donde, además de mantenerse el fuego sagrado del amor bien encendido, se mantienen las ollas sobre el fuego. El hecho es que sencillamente nos gusta comer. Y con orgullo soy la madre de esta casa de comidas. Además de comer conversamos mucho sobre lo que sucede en Brasil y en el mundo, conversamos sobre qué ropa es adecuada para determinadas ocasiones. Somos un hogar.


¿INTELECTUAL? NO (1968)

Otra cosa que no parecen comprender los otros es cuando dicen que soy una intelectual y yo digo que no lo soy. De nuevo, no se trata de modestia y sí de una realidad que ni de lejos me hiere. Ser intelectual es usar sobre todo la inteligencia, lo que no hago: lo que uso es la intuición, el instinto. Ser intelectual es también tener cultura, y yo soy tan mala lectora que, ahora ya sin pudor, digo que no tengo realmente cultura. Ni siquiera leí las obras importantes de la humanidad. Además de leer poco: sólo leí mucho, y leía ávidamente lo que me cayera en las manos, entre los trece y quince años de edad. Después pasé a leer esporádicamente, sin orientación de nadie. Esto para no confesar --y esto lo digo con algo de verguenza-- que durante años sólo leía novelas policiales. Hoy en día, a pesar de tener mucho muchas veces pereza para escribir, llego de vez en cuando a tener más pereza para leer que para escribir.
Literarta tampoco soy porque no hice del hecho de escribir libros "una profesión" ni una "carrera". Los escribí recién cuando espontáneamente me surgieron, y sólo cuando realmente quise. ¿Soy una aficionada?
¿Qué soy entonces? Soy una persona que tiene un corazón que a veces se da cuenta, soy una persona que quiso poner en palabras un mundo ininteligible y un mundo impalpable. Sobre todo una persona cuyo corazón late de levísima alegría cuando logra en una frase decir algo sobre la vida humana o animal.


ESPERA IMPACIENTE (1969)

Lo que llamo muerte me atrae tanto que sólo puedo calificar como valeroso el modo como, por solidaridad con los otros, yo todavía me aferro a lo que llamo vida. Sería profundamente amoral no esperar, como los otros esperan, por la hora, sería demasiada astucia de mi parte avanzar en el tiempo, e imperdonable ser más lista que los otros. Por eso, a pesar de la intensa curiosidad, espero.


EL LIBRO DESCONOCIDO (1969)

Estoy buscando un libro para leer. Es un libro muy especial. Yo lo imagino como a un rostro sin rasgos. No sé su nombre ni el de su autor. Quién sabe, a veces creo que estoy buscando un libro que yo misma escribiría. No sé. Pero me hago tantas fantasías con respecto a ese libro desconocido y ya tan profundamente amado. Una de las fantasías es ésta: yo lo estaría leyendo y de pronto, a una frase leída, con lágrimas en los ojos diría en un éxtasis de dolor y de final liberacion: "¡Pero es que yo no sabía que se puede todo, mi Dios!"


JAZMÍN (1973)

Después volveré al mar, siempre vuelvo. Pero hablé de perfume. Me acordé del jazmín. El jazmín pertenece a la noche. Y me mata lentamente. Lucho en contra, y desisto porque siento que el perfume es más fuerte que yo, y muero. Al despertar, soy una iniciada.


NOTA: Tomado de REVELACIÓN DE UN MUNDO, de CLARICE LISPECTOR.
Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires, 2004.

sábado, 15 de octubre de 2011

Oliverio Girondo (Buenos Aires, 1891-1967) el "antilúdico". Tres poemas.



Hace ya muchos años que escucho hablar de la poesía "ludica" de "Oliverio"... Lo cual, claro, no está mal pero que peca de privilegiar esa parte de la profunda obra de un Poeta profundo. Yo prefiero al Poeta no parcializado, (no "desmerecido"), al Poeta todo: me quedo con Oliverio Girondo!
Es cierto que le gustaba inventar palabras, deformarlas, hacerlas otras en nuevos sentidos poéticos. Pero la obra de un poeta consta de períodos, de humores, de reconsideraciones, de experimentaciones varias, de marchas y contramarchas en el camino de su "estilo" --simpre buscado-- o de su voz, no siempre asequible: el lenguaje de la Poesía en la escritura, en el hacerse.
Estos tres poemas que denuncian, interrogan, apelan, son el gráfico de un descenso. Como todo creador, que se asume hijo de su tiempo, Girondo da cuenta del "malestar" de su época. Tal el estado de lo humano me evoca a "Memorias del subsuelo", del gran Dostoievski.
Porque lo lúdico sólo era una pequeña parte en la obra de este gran Poeta argentino.


EXPIACIÓN, (de Embelecos).

Allí,
bajo la tierra,
más lejos que los ruidos,
que el polvo,
que las tumbas;
más allá del azufre,
del agua,
de las piedras;
allí,
en lo convulso,
donde todo se parte,
donde todo se funde,
en ígneo cataclismo,
en calcinante escoria,
en bullente derrumbe,
en mineral catástrofe;
allí, allí,
en cráteres
inestables,
voraces,
en fétidos apriscos,
en valles torturados:
allí,
en lo caótico;
sumido,
amalgamado
en una pasta informe,
viscosa,
putrefacta;
las lenguas carcomidas por vocablos hipócritas,
los pulmones que criban anhelos de serpiente,
las esponjosas manos embebidas de usura,
las visceras heladas de batracios humanos,
los sexos que trafican disfrazados de arcángeles,
las vértebras roídas por rencores insomnes,
todo, todo
hacinado,
revuelto,
confundido,
en un turbio amasijo
de infección
y de pústulas;
adentro del estruendo,
hundido en el abismo,
en una pira enorme
de expiación,
de exterminio.
Allí,
en lo profundo,
debajo de la tierra.

·············


INVITACIÓN AL VÓMITO, (de Persuasión de los días).

Cúbrete el rostro
y llora.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
largos trozos de vidrio,
amargos alfileres,
turbios gritos de espanto,
vocablos carcomidos;
sobre este purulento desborde de inocencia,
ante esta nauseabunda iniquidad sin cauce,
y esta castrada y fétida sumisión cultivada
en flatulentos caldos de terror y de ayuno.

Cúbrete el rostro
y llora...
pero no te contengas.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
antes esta paranoica estupidez macabra,
sobre este delirante cretinismo estentóreo
y esta senil orgía de egoísmo prostático:
lacios coágulos de asco,
macerada impotencia,
rancios jugos de hastío,
trozos de amarga espera...
horas entrecortadas por relinchos de angustia.

·············

DERRUMBE, (de Nocturnos).

Me derrumbé,
caía
entre astillas y huesos,
entre llantos de arena
y aguaceros de vidrio,
cuando oí
que gritaban:
"¡Abajo!"
"¡Más abajo!"
y seguía cayendo,
dando vueltas
y vueltas,
entre ásperas cenizas
y gritos mutilados,
"¡Abajo!"
"¡Más abajo!"
en espiral,
rodando,
envuelto en lo derruido,
en turbios remolinos
de trozos y fragmentos,
de esquirlas,
de gemidos,
"¡Abajo!"
"¡Más abajo!"
entre escombros y ruinas
ululantes,
informes,
a través de la asfixia,
del horror, del misterio,
más allá del aliento,
de la luz,
del recuerdo.

·············



NOTA 1: Tomado de "Obras" de Oliverio Girondo.
Editorial Losada. Buenos Aires, 1991 (Tercera edición).

NOTA 2: El dibujo que ilustra esta página pertenece al mismo Girondo y es tapa de la obra aquí citada.