sábado, 21 de enero de 2012

"País de Hadas", de Edgar Allan Poe.



DUELE. Duele. Sí, duele: la vida de EDGAR ALLAN POE duele. Genial, sensible, débil. Criado dentro de una familia que no le pertenecía: conoció, muy pronto, lo que es ser el hijo no querido, no deseado. El mundo le fue hostil: la sociedad de su tiempo. De ella, entre los hombres, supo, muy rápido y demasiado joven, que significa ser el artista "maldito".
ALIVIA. Alivia. Sí, alivia saber que además de las hostilidades, las privaciones, las burlas, conoció el amor cristiano de las mujeres que a su turno le dipensaron cuidados: para el cuerpo y el alma.
INSPIRA. Inspira. Sí, inspira saber que pese a todo --a la pobreza, el alcohol, su débil vida quebrada-- tuvo la suficiente voluntad para escribir: los cuentos, perfectos, que lo llevaron a ser considerado uno de los padres del cuento moderno (junto a ANTON CHEJOV y GUY DE MAUPASSANT).
Pero, además, escribió poesía, lo que es casi desconocido para el gran público que, sólo leyó o escuchó hablar de "El cuervo" y cree que fue un capricho aislado, una una pausa lírica, dentro de su cuentística. Ella, el total de su creación poética, completan su obra literaria.
A sus cuentos llamamos: ¡Perfectos! De su poesía podemos decir que tiene profundidad y belleza: acaso, ¿hay otros elementos --dejando de lado lo técnico-- que hacen que tal o cual poesía perdure? Para conocerla sólo hay que encontrarse con ella. Hoy comparto una de sus primeras creaciones en verso.


PAÍS DE HADAS

Oscuros valles y tenebrosos pantanos,
sombríos bosques,
cuyas formas no podemos adivinar
al impedirlo las lágrimas que caen por todas partes.
Enormes lunas que aparecen y desaparecen
una vez, y otra vez, y otra vez,
a cada momento en la noche
--siempre cambiando de lugar--
y oscurecen los rayos del lucero
con el aliento de sus pálidos rostros.
Alrededor de las doce por el reloj lunar
una un poco más nebulosa que las demás
(en un juicio,
decidieron que era la mejor)
desciende --abajo, más abajo--
con su centro sobre la corona
de la cumbre de una montaña,
mientras que su amplia circunferencia
de flotantes vestiduras cae
sobre aldeas, sobre pórticos,
donde quiera que estén
--sobre los lejanos bosques, sobre el mar--
sobre los espiritus alados,
sobre las cosas adormecidas,
y las envuelve completamente
en un laberinto de luz,
y entonces, ¡qué profunda! ¡oh, profunda!
es la pasión de su sueño.

Por la mañana se levantan
y su envoltura de luna
se eleva en los cielos,
con la tempestad cuando se sacuden,
como --casi como cualquier cosa--
un albatros amarillo.
No usan más esta luna
para el mismo fin que antes
--o sea a guisa de tienda--
lo cual encuentro extravagante:
sus partículas, de todas formas,
se disuelven y caen en cascada,
y aquellas mariposas,
de la Tierra, que buscan los cielos
y así bajan otra vez
(¡cosas nunca contentas!)
han traído algunas de ellas
en sus temblorosas alas.



Tomado de Poesía Completa, de Edgar A. Poe.
Ediciones 29. Barcelona, 2005. (Tercera edición).

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